Por Héctor Rivara
El viaje había sido muy largo y mis fuerzas ya no me acompañaban, Claudio me animaba y ayudaba en cada movimiento que debía hacer. Los dolores se apoderaban de mi cuerpo y me arrojaban al suelo. Habíamos dejado mi Gades en Hispania y viajamos tres meses hasta llegar a Pérgamo.
Nuestro destino el
Asclepeion, ahora solo quedaba a pocos menos de cuatro kilómetros al
oeste, Claudio había conseguido un asno para que me transportara el corto
trayecto que nos separaba de mi curación. Partimos y a poco pude ver un
edificio increíble, todo blanco que resplandecía a lo lejos, En algunos lugares
del templo las paredes estaban decoradas
con esculturas y grabados en piedra, en donde se relataban muchas de las curas
milagrosas que allí habían sucedido. En aquel momento sentí que los dioses me
habían acompañado. Asclepio, el dios de
la medicina y sus serpientes me esperaban.
Al llegar al templo concluía un acuerdo entre Claudio y Yo Lucius
Tullius Drusus, por el cual solemnente le había concedido su libertad por
vindicta, por lo cual él, en este momento era un hombre libre y ciudadano
romano. Le di su carta y golpeamos nuestros puños, en señal de entendimiento.
Solo los años y la dureza de haber pertenecido al ejército de Roma
impidieron que las lágrimas corrieran por mi rostro.
Ya como hombre libre Lucius Claudio Drusus, podía esperarme
un par de días o regresar a las que ahora eran sus posesiones en Hispania, nuestro
acuerdo había terminado.
Sobre la Gran puerta
de entrada se leía “Para la
grandeza de todos los dioses está prohibida la entrada de la muerte en esta
plaza sagrada”. Los sacerdotes se acercaron a mí, y me examinaron
previamente al paso por la Gran Puerta. Si
se determinaba que mi estado era muy grave y que no me podían curar, no se me
permitiría entrar. La idea era que nadie
muriera dentro de este recinto, consagrado a la curación del cuerpo y el alma
bajo la advocación de Asclepio.
El médico sacerdote me indago sobre mis dolencias y me
permitió el paso, en la primera terraza me indicaron un baño, para purificar el
cuerpo y se me indicó una estricta dieta, juntamente a una serie de ejercicios
que debería hacer diariamente, pasé luego a un pórtico dormitorio donde pasaría
los siguientes días de preparación, allí con el propósito de quitar la atención
de mi enfermedad, fui sometido a ver espectáculos, teatro, y juegos atléticos,
que solo empeoraban mi ánimo. Cuando llego mi turno fui conducido a la parte
más sagrada del templo, allí deje la bolsa con monedas de oro, gran parte de mi
peculio que había traído como ofrenda a Higia y Panacea, vi los
sacrificios que se hacían a los dioses en un templo repleto de serpientes
reptando por todos lados, mi tratamiento había comenzado.
Llegada la noche al momento de dormir lo hacíamos sumidos en
plegarias a los dioses griegos en favor de nuestra salud. En el incubatio, una especie de sala dormitorio,
nos dijeron que mientras durmiéramos aparecería Asclepio, o Esculapio para
nosotros los romanos, y sus hijas Higiene y Panacea para darnos tratamiento y
sanar nuestras dolencias. Esa tarde noche al recibir nuestras raciones, me
deshice de ellas.
Parte de la preparación que había recibido y exigido de mis
soldados durante toda mi vida consistía en mantener prolongadas y ocultas vigilias
ante cualquier situación extraña, y esta era una de ellas. En ningún momento apareció
Asclepio, Higia ni Panacea, sí lo hicieron en cambio los médicos sacerdotes
quienes se acercaron a un comerciante
griego, le drogaron totalmente y en su profundo sueño cortaron su cuerpo para
sacar una parte se él.
Al día siguiente este griego creería desde ese momento que los
dioses le habían herido para sanarle, aunque dos noches después tras quejarse
en medio del sopor que le producían las
pócimas, le llevaron de noche a su destino final, y aunque nos dijeron que los
dioses le habían llevado durante un tiempo, no creí nada de aquello.El mundo estaba bajo nuestros pies no solo por nuestra crueldad
sino porque no nos dejábamos engañar, y esto ya no lo soportaba.
Mis dolores continuaban y las sangrías, los vómitos
curativos, las dosis de agua de la fuente sagrada, ayuno, abluciones, baños de
barro, terapia de interpretación de los sueños, masajes, ungüentos, hierbas,
música, danza, plegarias y paseos por los jardines, para nada ayudaban, se
sumaba ahora una gran debilidad. Los
asclepíades (médicos sacerdotes) vieron que era
necesario darme por curado, sin haber podido en realidad resolver mi
enfermedad, aunque aseguraban que ya estaba realizada mi obra, mi estado era peor que al ingresar.
Mientras preparaba mi salida del Templo me reprochaba
constantemente mi falta de fe en Asclepio y sus enviados terrenos, pero mi
pragmatismo solo me mostraba la amarga sensación de haber sido robado, mi paga
de años en las filas de la milicia se esfumaba en el altar de un dios extranjero junto con la poca sulud que me quedaba. Si hubiese tenido mi gladius, juro por Cesar que habrían
caído multitud de cabezas, incluidas la de los dioses.
Salí del templo tambaleante y sin poder sostenerme en pie, mis
sentidos aturdidos al punto de no saber dónde estaba, se nublaron completamente, cuando me sentí caer, algo
me sostuvo, conocí esos brazos, ¡No podía creer que Claudio
aún Estuviera allí!
Había pasado más de un mes, y su lealtad lo había llevado e ver
diariamente los muertos que salían del
Asclepeion y no se iría a menos que me encontrara vivo o muerto. Me llevó casi arrastrando y nos sentamos bajo
un árbol cercano al Asclepeion, Claudio sacó algunos enseres de su saco, un
cuero con vino, un pan leudado y como si se tratara de una espada oculta con un gran gesto, sacó una gran
salchicha seca, y por primera vez en muchos
meses, reí.
Cuando joven le había comprado a un hábil vendedor de esclavos cuando tenía solo unos diez años, su mirada desafiante y su orgullo de ser él contra el imperio, me llevaron a pensar en la grandeza de Tiberio Claudio César Augusto Germánico, de donde tomé su nombre, y esta sería la primera vez que compartiría una mesa junto a él en 25 años.
Recuperado y con algunas fuerzas, le conté paso a paso por lo
que había pasado y tuve que tomarlo del brazo varias veces, para que no se
levantase a tratar de recuperar la bolsa con mis monedas.
Me contó que esos días había resultado un tumulto en Pérgamo
a causa de la secta de los cristianos, un Obispo de ellos llamado Antipas,
predicaba de su Dios y hacia los milagros que decía había echo ese Jesús
- yo vi – me dijo - como sanaba a los que él se acercaban y
vi salir de los poseídos criaturas desconocidas. Ví sanar todo tipo de enfermedades,
y decirles que eran salvos y que no morirían. Por ello es que los peregrinos del Templo
del dios Esculapio cambiaban de rumbo y venían con estos, y al ser muchos los
que dejaban de ofrendar en el templo, los sacerdotes incitaron a la turba para comenzar a
atormentar a Antipas, presionándolo a negar a ese Cristo y adorar a los dioses,
ya que por su causa decían que en el templo habían cesado las curaciones, y que los dioses
no volverían hasta que este demonio opositor fuera muerto. Antipas les dijo: "Entonces, sus
llamados dioses y señores del universo tienen miedo de mí, un hombre mortal, y
tienen que huir de la ciudad, ¿por qué no aprender de esto, que su fe en ellos es en
vano?" El hombre habló con ellos
de su fe como la fe única y verdadera, pero la turba se enfureció como bestias
salvajes, y lo arrastraron a Antipas delante del templo de Artemisa, donde un
toro en bronce se calentaba lleno de aceite y lanzaron al interior. Antipas glorificaba a su Dios, oró por sus ovejas
y por todo el mundo, hasta que su alma se separó de su cuerpo.
Tulio – dijo – es
increíble el poder que reside en estos, tal vez los dioses que haz visto no
sean el camino, tal vez querrías...
Sin dejarle concluir pregunté a Claudio si conocía a alguno de estos cristianos
que acompañaban a Antipas de Pérgamo, sería tal vez la última oportunidad de
llevar lo que había venido a buscar. Sin fuerzas me acosté, y a la mañana muy
temprano, caminamos por una calle alejada de la Acrópolis, llegamos a una
humilde casa, y golpeamos suavemente la puerta, cuando la mujer abrió y nos vio, dio un salto hacia atrás y
se quedo paralizada, éramos innegablemente ciudadanos romanos y esto nos hacia
de cuidado, todo el cosmos temía al imperio. Claudio habló con ella en su
lengua griega koiné, y ella me hizo señas para que entrase – Después Claudio me contaría que él se había
unido secretamente a este grupo, cuando su Obispo fue martirizado – Una vez dentro nos sentamos y esperamos un
largo rato hasta que hizo su aparición un hombre común, no vestía ropas
sacerdotales, ni se veía en el ningún poder que lo hiciera diferente, solo su
paz nos acompañaba.
Comenzó a hablar en latín (nuestra lengua) y a explicarnos
su fe, el amor de ese Jesús por el hombre y de como él había entregado su vida
por nosotros, yo entendí su entrega, creí esto y me bauticé en el interior de
la casa, pasamos horas escuchando a este hombre que había conocido a Juan, seguidor de Jesús, quien había sido
llevado ante Domiciano, y había vencido a la misma muerte en el nombre de su Jesús.
Al final colocó sus manos sobre mí y clamó por mi sanidad, y
con un tipo de autoridad desconocida para mi, me arrojó al suelo ¡Yo Lucius Tullius Drusus Hispanianus,
General de Roma, testifico que fui sanado en mi cuerpo y espíritu!
Salimos al anochecer, fue como dejar mi propia casa, cuando
comencé a caminar Claudio me miró y dijo
¡pareces un legatus Tulio! y recordé mi
dolencia. Su Jesús, ahora mío, se la había llevado. El pensamiento griego no
lograba comprender el poder y la fuerza del evangelio, que paradójicamente se
había escrito en su lengua koiné, este pensamiento sería nuestro enemigo en distintos frentes hasta el final
de los tiempos.
Corría el año 92 de Tito Flavio Domiciano, Hijo de
Vespasiano. La persecución de estos
cristianos era feroz, y nadie era culpado de delito por matar en cualquier lado
a uno de ellos.
Domiciano añadió a sus múltiples crímenes, una nueva
persecución contra los judíos, a los que decidió expulsar de Roma. Los judíos,
al verse en peligro de dispersión, enviaron a Domiciano un informe, en el que
le hablaban de los cristianos. Los presentaban como extranjeros, enemigos de
Roma y de sus leyes, y de las prácticas religiosas del pueblo judío. Contaban
que los cristianos proclamaban como Dios a un hombre, que había muerto crucificado
por sus blasfemias. Y que incito al pueblo a prácticas aberrantes de comer su
carne y beber su sangre.
Domiciano, impresionado por el informe de los judíos, logró
que el senado promulgara un decreto que condenaba a muerte a los que se
confesaran cristianos. Entretanto llegó a Roma la fama de un judío, de nombre
Juan, que predicaba en Éfeso diciendo que el poderío de los romanos acabaría en
breve y pasaría a manos de otro hombre poderoso.
Domiciano, asustado por estas noticias, envió a un centurión
con varios soldados para que llevaran a Juan prisionero a Roma. Juan, vestido
de manera humilde, se encontraba a la puerta de su casa. Los soldados creían
que sería el portero y le preguntaron por el cristiano que buscaban. Juan
porfió con ellos, que no creían que fuera el hombre importante que tanto temor
suscitaba en el emperador. Finalmente, confirmada su propia confesión con el
testimonio de los vecinos, fue Juan arrestado y obligado a viajar a Roma para
presentarse ante Domiciano.
Los soldados se pusieron en camino llevando a Juan sentado
en medio de ellos. Cuando llegaron a la primera posada, le rogaron que se
sentara con ellos para tomar la cena, pero les contestó que estaba cansado y
prefería dormir. Lo mismo sucedió en los días siguientes, de manera que los
soldados tuvieron miedo de que cayera extenuado y les provocara el consiguiente
castigo. Pero Juan estaba cada día más radiante. Al séptimo día de viaje, que
era domingo, Juan les dijo que era el momento de tomar alimento. Se lavó la
cara y las manos, extendió un mantel y comió solemnemente un dátil delante de los
pasajeros de la nave. Ésa fue la dieta de Juan durante el largo tiempo que duró
la travesía.
Al llegar Lo condujeron ante el emperador a quien dijeron
que le traían no a un hombre sino a un dios. Pues desde el día en que lo
arrestaron no había probado bocado. Sorprendido Domiciano con aquella noticia,
se acercó para besar a Juan. Pero el apóstol, inclinó la cabeza y besó al
emperador en el pecho. Indignado Domiciano, preguntó a Juan si es que lo
consideraba indigno de besarle. Juan le respondió que era preciso besar primero
la mano de Dios por aquello de la Escritura que dice: “El corazón del rey está
en las manos de Dios”
Domiciano interrogó al apóstol: “¿Eres tú Juan, el que ha
dicho que mi imperio va a ser aniquilado y que otro personaje, Jesús, va a
reinar en mi lugar?” La respuesta de Juan hablaba de un reino duradero para
Domiciano y otros muchos sucesores suyos. Pero cuando se cumplan los años del
mundo, bajará de los cielos “un rey eterno, verdadero, juez de vivos y muertos”
por quien serán aniquilados todos los poderes de la tierra. Ése es el Señor, el
Verbo, el Hijo de Dios vivo, Cristo Jesús”
Todos aquellos augurios le parecían a Domiciano meras
palabras indemostrables. Bien podía el futuro rey, si es que había de ser tan
poderoso, hacer una demostración de sus poderes. Juan pidió un veneno mortal,
que vertió en una copa grande. Con ella en la mano, hizo una oración en la que
rogaba que el veneno sirviera para fortaleza del cuerpo y del alma lo mismo que
la copa de la cena del Señor. Apuró el apóstol la copa y aguantó en pie alegre,
hablando como una persona sana. Los presentes esperaban que Juan cayera a
tierra presa de convulsiones y dolores en una agonía rápida. Pero Domiciano se
indignó con los que habían preparado el veneno, y pensó que habrían
proporcionado algún sucedáneo, lo que negaban los verdugos jurando por la salud
del emperador.
Juan comprendió la situación, pidió más veneno y solicitó
que trajeran a un condenado. Echó agua en la copa, diluyó el veneno y se la dio
al preso, que la tomó, la bebió, al instante cayó a tierra y murió. Todos los
presentes quedaron consternados ante lo sucedido. Cuando Domiciano se aprestaba
para regresar a su palacio, Juan le espetó que si pensaba que un apóstol de
Jesús se iba a convertir en asesino en su presencia. Se acercó al cadáver y oró
pidiendo para el difunto “el retorno a la vida” a fin de que supiera Domiciano
que el Verbo de Dios es mucho más fuerte y poderoso que el veneno, y que domina
sobre la muerte y la vida”. El condenado se levantó vivo.
Más adelante Juan padeció sin morir el martirio en Roma, en
una caldera de aceite hirviente. Según el
relato, el martirio habría tenido lugar
aproximadamente en el año 95, en las cercanías de la Puerta Latina (Porta
Latina), en los Muros Aurelianos. Juan salió
ileso, y el emperador Domiciano habría considerado este prodigio como una
especie de magia y, no animándose a intentar otra clase de ejecución, habría
desterrado a Juan a la isla de Patmos, donde escribiría su obra que ya había
escrito, el Apocalipsis.
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